Monthly Archives: noviembre, 2015

LAS FIESTAS DE MI ABUELA LOLIS: VIERNES DE DOLORES Y NAVIDAD

Hay países donde se come para vivir;
hay otros, donde se vive para comer;
en México, comemos para conmemorar.
Francisco Icaza, Viernes de Dolores, 1998

Las primeras mesas de fiesta que recuerdo son las de mi abuela Lolis, mi abuela paterna. Ella celebraba dos fechas: la del día de su santo, Dolores -donde invitaba amigos, compadres y familia- y la cena de Nochebuena -solo para la familia.

Mi querida abuela Lolis –Dolores López Díaz- nació en San Pedro Cholula, Puebla. Su esposo fue Rafael Martínez Grados, también de Cholula, que desafortunadamente murió de un infarto cuando mi papá apenas tenía 9 años, por lo que ella sola tuvo que sacar adelante a sus 6 hijos: Alicia, Miguel, Guadalupe, Carmen, Teresa y Elena. Después se caso con Santos Matamoros Mendoza, a quien siempre consideré como mi abuelo, todos le decíamos “Don Santitos”. La abuela disfrutó de cinco hermanas: Conchita, Josefina, Angelis, Delfina y Cristina, quienes ya en edad de tomar estado, dicho por mi papá, quedaron “bien casadas”. Las hermanas López Díaz tenían un gusto muy refinado respecto a la casa, especialmente a lo que tenía que ver con el comedor. Algunas veces mi mamá me llevaba de visita a las casas de mis tías, y me gustaba ir porque sus casas estaban muy arregladas y yo observaba todo, aunque al final me aburría mucho. Otras veces íbamos en  familia a visitarlas, generalmente debido a fiestas con deliciosas comidas.

Los banquetes de mi abuela generalmente eran para 40 0 50 personas, para ella un verdadero placer; así, gasto y fasto eran parte de la celebración. Estos banquetes se realizaban en casa de la tía Alicia, la primogénita de sus seis hijos, quien vivía en una tradicional casa poblana de grandes habitaciones seguidas una de otra (las mesas que se ponían abarcaban dos a tres habitaciones). Para estos banquetes, la abuela tenía un gran menaje para el servicio de mesa: manteles, vajillas, cristalería y cubertería. Los manteles eran blancos, de algodón, lino, cuadrille o graniteya fueran bordados, deshilados o la combinación de ambos- algunos de sus dobladillos estaban terminados con tru-tru. Estos manteles los hacía mi tía Lupe, una de las hermanas de mi papá, una experta bordadora que dedicaba muchas horas de su tiempo para realizar el mantel que la abuela le pidiera. Contaba con cinco vajillas, y como ninguna era tan grande para tantos comensales, las combinaba. La cristalería era “copas a juego”, que se ponían para el vino y para la sidra del brindis -por muchos años, la sidra tradicional de las familias poblanas ha sido Copa de oro.

Entre mi mamá y mis tías montaban las mesas. En la cocina también ellas eran las encargadas de preparar la comida, ya fuera la clásica de cuaresma -caldo de haba, arroz, romeritos y frijoles chinitos-, o la de Navidad -espagueti, pierna, ensalada, chipotles rellenos y ayocotes-, que se acompañaban con pan, tortillas y bebidas espirituosas para los grandes, así como refrescos y rompope para los niños.

Después de la comida se desobraban los trastes y se juntaban en enormes tinas de lámina en la azotehuela, que era donde se lavaban, pues la cocina era insuficiente para tantos trastos. Ya lavados, eran puestos boca abajo para que se escurrieran mientras esperaban su secado. Posteriormente venía su acomodo: las vajillas en los trinchadores, la cristalería en la vitrina y los manteles en el ropero, de la cubertería no me acuerdo haberla visto en algún lado. Fin de la fiesta.

La cocina de diario de mi abuela era exquisita, de sopa, frecuentemente hacia fideo, esas tiras finísimas de pasta que guisaba seco y sin jitomate, para servirlo lo acompañaba con queso añejo desmoronado, el mejor fideo que he probado. Tenía un gusto muy especial por los ejotes, los hacía con huevo, -la recuerdo en la cocina con su mesa llena de ejotes, quitándoles las hebras; las puntas y trozándolos con las manos, lo que provocaba un sonido tan especial-. Hacia una tinga poblana muy rica, -de chuparse los dedos-, era la clásica: carne de res deshebrada muy finita, jitomate y aguacate en gajos, queso añejo desmoronado con sus chipotles en vinagre. Sus frijoles eran negros y “chinitos”, los formaba como un “molotito”, los ponía en un platón y también les ponía su queso añejo. Su dulce favorito para preparar eran las torrejas, esas finas rebanadas de pan que ya fritas se bañaban con un jarabe de panela, pasas y, otra vez, queso añejo desmoronado!

El menaje de la mesa de mi abuela es una impresión que siempre me ha acompañado, algo que considerablemente influyó -casi sin darme cuenta- en mi pasión por coleccionar objetos de cocina y comedor, todo eso que va en alacenas y vitrinas. He venido formando esta colección desde hace más de cuarenta años con lo que he comprado en La Plazuela de Los Sapos, procurando que haya suficiente menaje para las mesas de fiestas en la casa.

De las vajillas de mi abuela, en especial recuerdo una que tenía para la mesa de los niños: era blanca, lechosa y con figuras en estriados muy finos. Me he avocado a comprar cuanta pieza he encontrado de este estilo y la he llamado Vajilla Lolis, ya puedo poner un servicio de mesa más o menos completo. En mi libro Casa Poblana. El escenario de la memoria personal, he incluído una de las foto de fiesta para niños que en la mesa tiene una vajilla así. La amo.

Mi querida abuela Dolores López Díaz. Fotografía tomada por mi tía Tere Martínez López. Colección Hermanas Ortega Martínez.

Mi querida abuela Dolores López Díaz. Fotografía tomada por mi tía Tere Martínez López en el jardín de las rosas, en su casa de «Laureles». Colección Hermanas Ortega Martínez.

Fiesta infantil, mesa con pastel de dos pisos y vajilla “Lolis“. Fotografía publicada en libro “Casa poblana. El escenario de la memoria personal“. Fototeca Lorenzo Becerril A.C.

Fiesta infantil, mesa con pastel de dos pisos y vajilla “Lolis“. Fotografía publicada en libro “Casa poblana. El escenario de la memoria personal“. Fototeca Lorenzo Becerril A.C.

El mantel y la carpeta con tira bordada los hice especialmente para esta mesa, las servilletas son de lino y los servilleteros son unas coronitas de Virgen, la vajilla es la que llamo “Lolis“, las copas son “Principe de Gales“, las flores son de una querida amiga Edith Besenfelder (florista alemana que por algunos años estuvo en Puebla) y los candeleros son regalo mi hermana Pily. 2000, Fotógrafa Lilia Martínez. Colección Familia RojanoMartínez.

El mantel y la carpeta con tira bordada los hice especialmente para esta mesa, las servilletas son de lino y los servilleteros son unas coronitas de Virgen, la vajilla es la que llamo “Lolis“, las copas son “Principe de Gales“, las flores son de una querida amiga Edith Besenfelder (florista alemana que por algunos años estuvo en Puebla) y los candeleros son regalo mi hermana Pily.  2000, Fotógrafa Lilia Martínez.

 

Vitrina con vajilla “Lolis“. 2015, Fotógrafa Lilia Martínez, Colección familia RojanoMartínez.

Vitrina con vajilla “Lolis“. 2015, Fotógrafa Lilia Martínez, Colección familia RojanoMartínez.

Vitrina comprada en la Plazuela de los Sapos, Puebla, jaladeras de Zara Home, Puebla. 2015, Fotógrafa Lilia Martínez, Colección familia RojanoMartínez.

Vitrina comprada en la Plazuela de los Sapos, Puebla, jaladeras de Zara Home, Puebla. 2015, Fotógrafa Lilia Martínez, Colección familia RojanoMartínez.

tenedor

AMOR A LOS UTENSILIOS DE COCINA Y FERVOR A SAN LORENZO

Una cocina moderna con todos sus utensilios, más parece 
una cámara de tortura que una cocina donde guisar.
 Aurora Monterrubio de la Peña, Dichos de la Abuela, 1970.

Los utensilios de cocina nos facilitan la reconstrucción de la historia de la alimentación, ya que nos remontan a las distintas etapas de la transformación de los alimentos. Con ellos podemos conocer los procedimientos mecánicos empleados que agrupan operaciones destinadas a modificar características físicas, tales como la extracción, separación, fraccionamiento, mezcla o incorporación. También los utensilios son el testimonio de la evolución de los materiales de su fabricación y, al mismo tiempo, de la persistencia de sus formas. Así, los utensilios culinarios se convierten en una de las incontables formas de expresión de nuestra sociedad.

Coleccionar estos objetos -privilegio reservado a los sedentarios que disponemos de lugares donde almacenarlos y donde es posible seleccionar, clasificar y arreglar- obedece a la pretensión de dar sentido por el creciente desinterés por estos objetos en este tiempo, caracterizado por la progresiva y peligrosa estandarización de la comida –que ya no requiere de aparatos precisos para ciertas acciones culinarias- y por la invasión de la comida rápida que provoca que en las cocinas ciertas acciones culinarias desaparezcan porque la comida se vende semi preparada.

Los utensilios aquí mostrados fueron exhibidos en Casa del Puente en San Pedro, Cholula, dentro una exposición llamada 7 Nichos Devocionales 7 Artistas Excepcionales, a la que fui invitada gracias a mi querido amigo Antonio Álvarez Morán. En mi nicho, al que titulé “San Lorenzo. Darse uno de santo como coleccionista”, presentar estos utensilios -a menudo percibidos como comunes y corrientes- brindó la oportunidad de considerarlos de una manera diferente, ya que la fuerza evocadora que presentan -su forma, materiales y su historia, grabada en sus desportilladuras, ajaduras, óxidos y desgastes- no solo reconstruye la vida de los grupos humanos que los han usado, sino también la vida de quienes los coleccionan.

Y como a un santo los cocineros se deben de arrimar, es a San Lorenzo -diacono y mártir, que se le identifica por sus a atributos: la parrilla del martirio y la palma de los mártires- a quien nos encomendamos para protección. San Lorenzo, patrón de los cocineros, de los buenos y de los malos, de los intuitivos y de los temperamentales, de los cautos y de los incautos, de los sabios y de los impropios, fue el personaje mostrado en la exhibición (aunque en México siempre se ha considerado a San Pascual Bailón como el patrón de los cocineros, en ningún otro país se le considera así. Él fue un fraile Franciscano que se dedicó a evangelizar a los campesinos y se le representa dentro de una cocina hincado frente a la Eucaristía, siendo tal vez esto lo que dio origen a que en nuestro país se le convirtiera en el patrón de los cocineros).

En la realización del montaje del nicho primero se seleccionaron los utensilios por el reconocimiento de la variedad de sus funciones -plato, pocillo, cernidor, báscula, molinillo, salero, molde, batidor, cesta para huevo, cuchara, servilleta, etc.-, sus aspectos estéticos -color, forma, textura y material- y por su función, complejidad e historia.

Después, para pintar el nicho se escogió el color azul por la profundidad, luminosidad y orden que transmite. Se acomodaron los objetos de manera que cada uno tuviera el espacio propio para su lucimiento. En el muro se colocaron moldes de gelatina en forma de corazón, previamente montados sobre una flor de tela. A San Lorenzo se le dispuso en un marco finamente tallado por artesanos de Tlacotalpan, Veracruz. Finalmente, se colocó un exquisito encaje como si fuera una cortina (representando cómo se vivía antes, ya que las casas solo tenían una cortina por la que uno podía asomarse para buscar a alguna persona en el transcurso del día, y en la noche esta cortina se corría y la casa se cerraba con la puerta). Durante la preparación de este nicho mi hija, Verónica Rojano Martínez, fue una ayuda invaluable gracias a su creatividad, entusiasmo y solidaridad con mis proyectos. Como siempre, mi amor y agradecimiento a ella.

Espero que la presentación de estos utensilios les facilite la posibilidad de descubrir en la cocina el patrimonio resguardado en ella, ya sea de la propia casa o de alguna otra.

Nicho devocional a San Lorenzo. 2014, Fotógrafa Lilia Martínez. Colección Familia RojanoMartínez.

Nicho devocional a San Lorenzo. 2014, Fotógrafa Lilia Martínez. Colección Familia RojanoMartínez.

Nicho velado. 2014, Fotógrafa Lilia Martínez. Colección Familia RojanoMartínez.

Nicho velado. 2014, Fotógrafa Lilia Martínez. Colección Familia RojanoMartínez.

Creo pertinente incluir un fragmento del texto realizado por Manuel Alejandro Moreno Álvarez para esta exposición:  “… el artista es un sujeto histórico que se vuelve trascendental por un solo motivo irrefutable: es el hombre o mujer sensible que echa mano de una latente genialidad, creando o concatenando elementos para el goce estético de reducidos grupos de sujetos que consolidan la sensibilidad propia en la ajena, identificándose con el otro. Así, la consolidación del artista no está en el hombre o mujer per se, sino en el desplazamiento de su sensibilidad, materializada en construcciones que representan lo más privado de su ser, sus filias y fobias. De esta forma la obra de arte es la que lo hace trascender, la que vuelve al artista ‘el sujeto eterno’. Hay que decir que lo que constituye a ese ser asumido como genial, no es una serie de artilugios extraordinarios, para nada, son solo rescoldos de la vida misma en el tiempo que se transita, e, incluso, residuos de otros tiempos ajenos al artista mismo. Objetos de un pasado que constituyen el presente de todos nosotros, y que en la obra de arte, estos objetos-tótems son el futuro; los fragmentos atemporales que estructuran el meta relato temporal de nuestra civilización, configurado por medio de una sensibilidad que termina siendo única y fundamental para entendernos. Entonces, es aquí cuando el sujeto histórico, encarnado en los artistas que se desempeñan en 7 nichos devocionales, 7 artistas excepcionales, nos muestran un conocimiento plástico y arqueológico, porque haciendo uso de una consciencia pretérita, vuelcan su supuesta genialidad y nos presentan el objeto histórico en términos sublimes, proveyéndonos de experiencias del conocimiento y el goce estético, las que nos trascienden como pequeños habitantes de un mundo finito.”

tenedor

CHOLULA, SAN ANDRÉS Y SU COMIDA DE FIESTA

Aquí en San Andrés -Cholula, Puebla- al mole
no le ponemos tortilla quemada ni galleta de animalitos.
Catalina Cuautle, Comida familiar, 2015.

En San Andrés Cholula, Puebla, la cocina es, desde siempre, el lugar para cocinar, comer y estar. Cocina donde se prepara su comida tradicional: mole poblano con pollo, arroz rojo, caldo con verduras, rajas en ensalada, tortillas y tamales. En la elaboración de esta comida, los ingredientes, procedimientos y utensilios utilizados son el resultado de un largo proceso de mestizaje y aculturación, tanto de culturas propias  -maíz, chile, frijol, jitomate y chocolate-, como de culturas ajenas –arroz, especias, manteca, ajonjolí, aceite de oliva. Y aunque hablamos de que la región ha adaptado estos guisos a sus usos, gustos y costumbres, en realidad el mole poblano es el plato emblemático de la cocina mexicana y el que nos representa a nivel nacional.

Doña Catalina Cuautle y su familia, en San Andrés Cholula, amablemente nos han recibido en su hogar para mostrarnos el ritual de la preparación de la comida de fiesta.

Mole poblano con pollo, arroz rojo, caldo, rajas, tortillas y tamales. 2015, Fotógrafo José Loreto Morales.

Mole poblano con pollo, arroz rojo, caldo, rajas, tortillas y tamales. 2015, Fotógrafo José Loreto Morales.

Receta

– El consomé. Se hace con el caldo donde se hirvió el pollo; la verdura que se le pone es garbanzo, zanahoria picada, col troceada con las manos y cilantro.

Caldo con verduras. 2015, Fotógrafo José Loreto Morales.

Caldo con verduras. 2015, Fotógrafo José Loreto Morales.

Receta

– Arroz. Como cada familia tiene su propia receta, el color, la textura, la densidad y el sabor siempre es diferente de una casa a otra. La manera de hacerlo es la siguiente: se fríe en aceite hasta que quede traslúcido, se le pone el jitomate molido con ajo y cebolla y del mismo caldo en que se coció el pollo; bien que hierve, se le pone el perejil y se tapa a que sazone a fuego bajo. Ya que esponjó se voltea para que no se bata, se retira del fuego y se le pone un plástico con una servilleta encima (por eso las servilletas están manchadas). Al hacer el arroz en el brasero, éste debe ser más grande que la cacerola, con el fuego parejo y con la medida justa de carbón para no tener que quitar la arrocera.

Receta

– Para acompañar el consomé y el arroz, y a manera de guarnición, se preparan rajas en forma de ensalada. Dependiendo de la temporada, las rajas pueden ser de chiles locos –delgados, largos y rayados- o chiles jalapeños –también llamados cuaresmeños o huachinango-. Los chiles se asan, limpian y desvenan y se cortan en rajas. En un platón se pone capa de rajas, jitomate, aguacate -del verde no del negro-, cebolla, queso -de vaca o de Chiautla- y aceite de comer marca San Blas. En algunas casas le ponen cilantro. En septiembre, estas rajas se hacen con chiles poblanos rojos, que son más dulces.

Rajas con jitomate, aguacate, cebolla, queso y aceite de comer. 2015, Fotógrafo José Loreto Morales.

Rajas con jitomate, aguacate, cebolla, queso y aceite de comer. 2015, Fotógrafo José Loreto Morales.

Rajas con jitomate, aguacate, cebolla, queso y aceite de comer. 2015, Fotógrafo José Loreto Morales.

Rajas con jitomate, aguacate, cebolla, queso y aceite de comer. 2015, Fotógrafo José Loreto Morales.

Receta

– Mole. En Cholula el mole es al estilo de cada familia, las variaciones dependen del gusto -picoso o dulce. La manera de prepararlo es en pasta o seco. Doña Catalina lo hace de la siguiente manera: los chiles mulato y pasilla se abren, se desvenan y se limpian con un trapo seco; se fríen, se cortan en trozos y se humedecen en tantita agua tibia. Por separado se fríe plátano macho, cacahuates, pasas, almendras, cebolla, ajo, anís y jitomate picado –no demasiado porque se aceda el mole. En un recipiente se ponen los chiles, todo lo frito y canela y se lleva al molino para molerse y formar una pasta –para este proceso el molino llegó a remplazar al metate. Para la preparación del mole se utiliza una cazuela y una cuchara de madera que tienen que estar “curadas” con el siguiente procedimiento: tapar los poros de la cazuela con el agua de la nixtamalización, cubrir su exterior y asolearla por varios días; para curar la cuchara de madera hay que sumergirla en manteca. Además, se cuenta con un brasero y fuego con carbón (no se hace con leña porque puede estar verde o húmeda y al quemarse truena, corriéndose el riesgo de que las chispas rompan la cazuela). La preparación del mole continúa friendo manteca en la cazuela, y alternando un poco de pasta con un poco de caldo sin dejar de mover; ya que está sazonado, se le pone el chocolate, y para servirlo se decora con ajonjolí, previamente tostado. Algo importante es que la tradición del mole en Cholula manda que “solo la mano que lo preparó, lo puede mover”. Ya que acaba la fiesta, la cazuela del mole se deja unos días hasta enfriarse, no se puede lavar antes porque se raja. Ya lavada se guarda bocabajo.

– Tamales de frijol, puestos en la mesa para acompañar el mole. Generalmente, los tamales para el moles son los llamados “tontos” o de “aplauso”. Sobre la hoja de maíz se pone la preparación del tamal, y sobre ésta, otra hoja encima. Por su forma y grosor, este tamal sirve para sopear el mole.

Receta

– La tortilla, el pan de la región. La masa de maíz se mezcla con agua y se amasa reciamente hasta quedar de una consistencia que no se pegue en las manos, tomar una porción y hacer la tortilla en la prensa, después tortearla para hacerla más grande y ligera.

Con profundo agradecimiento para Doña Catalina Cuautle. Finalmente, la mesa está puesta para compartir las delicias dispuestas en la mesa con mis hijas, nietos y bisnietos. Buen provecho!

Lilia sirviendo el mole.2015, Fotógrafo José Loreto Morales.

Lilia sirviendo el mole. 2015, Fotógrafo José Loreto Morales.

Doña Catalina, su hija, mis hijas, nietos y bisnietos dispuestos a compartir las delicias sanandreseñas. 2015, Fotógrafo José Loreto Morales.

Doña Catalina, su hija, mis hijas, nietos y bisnietos dispuestos a compartir las delicias sanandreseñas. 2015, Fotógrafo José Loreto Morales.

tenedor

EL DÍA DE CAMPO PARA COMER, JUGAR Y REPOSAR

Para comer se llevaban “tortas compuestas” de jamón, 
 queso de puerco, frijoles con aguacate, queso de cabra 
y chiles en vinagre; se llevaba fruta y golosinas.
 El aire libre, el sol y el cansancio estimulaban el apetito y a la hora 
de la comida se comía con ganas y lo que se llevaba sabía a gloria.  
Miko Viya, Puebla 450 años, 1981. 

El campo es el lugar donde se facilita la relación entre el hombre y la naturaleza. El campo igualmente es visto como un área de diversión y sosiego para toda la familia donde se come, se juega y se reposa, actividades que ayudan a desahogarse de las tensiones cotidianas  y que despiertan el entusiasmo de todos ya que se trata de una práctica colectiva.

En la casa de mi niñez, la del barrio de San Matías, casa que ya  he comentado (Braseros y fogones con carbón), ahí jugábamos con mi mamá al “Día de campo”. En el patio, -por sus posibilidades de espacio abierto para realizar actividades al aire libre-, poníamos unos petates y lo rodeábamos con plantas. Con anticipación habíamos preparado en nuestras canastas la comida que mi mamá había hecho desde muy temprano: sabrosos guisados para tacos, tortillas de mano –las que comprábamos con la “marchanta”-, el agua de fruta -la de temporada-, a veces refrescos, algunas frutas y el postre: plátanos con crema o arroz con leche. Asimismo en las canastas poníamos el mantel, los trastes y nuestros suéteres.

En el “Día de campo”, primero corríamos y jugábamos y cuando ya teníamos hambre –que era muy rápido-, comíamos. Siempre nos faltaba algo, que si la sal, que si el destapador, que si la cuchara para servir, objetos que nadie quería ir a traer de casa, ya que la habíamos cerrado al “salir” y no queríamos volver. Cuando ya se hacía tarde, recogíamos todas las cosas y “regresábamos” a la casa, llegando, platicábamos largo rato de nuestras aventuras.

También íbamos de “Día de campo”, -el de verdad-, generalmente en día domingo y con la familia, los amigos o los vecinos. En Puebla hay buen clima durante todo el año, esto nos permitía salir al campo en cualquier época. Íbamos a lugares fuera de la ciudad, pero accesibles como al bosque de Manzanilla en la Resurrección; al vaso de la Presa de Valsequillo; a Puente de Dios en Molcaxac; a La Planta o Los Molinos en la carretera a Atlixco y a Rio Frio en la carretera federal Puebla-México, lugares de ocio y recreación al alcance de todos.

El ritual antes de salir era preparar las canastas con todo lo necesario, empezando por la comida: deliciosos guisados que se pudieran comer en taco, o carne para asar, tortas compuestas, o sándwiches ya preparados. Además, una ensalada, tortillas, pan, quesos frescos y aguacates. Las bebidas frías eran agua de fruta o refresco; cerveza, vino o pulque. Como bebida caliente, café en un termo. Aparte de la comida, en las canastas poníamos los trastes: platos, vasos,  cucharas para comer y para servir, el mantel y las servilletas. También en las canastas colocábamos objetos que nos facilitaran realizar actividades de juego y reposo, como la pelota para el volibol; las reatas para saltar la cuerda; otras reatas para hacer los columpios; a veces la guitarra para cantar o el tocadiscos portátil para bailar. Además de hamacas, sarapes y sombrillas y desde luego, la cámara para capturar los momentos vividos que se volverían a disfrutar al comentar las fotografías en alguna reunión familiar. Regresábamos ya tarde y excesivamente cansados, pero muy contentos.

La fotografía es una ventana al mundo, nos permite descubrir aspectos de la vida del hombre en su día a día. Los fotógrafos ya fueran profesionales o aficionados, documentaron los sucesos importantes y las actividades cotidianas, casi, desde el inicio de la fotografía (1839). Uno de los sucesos de la vida cotidiana que ha quedado evidente en imágenes es el “Día de campo”, tema trabajado casi en exclusiva por los fotógrafos aficionados: personas comunes que con cámara en mano y en una dimensión más íntima, recabaron valiosísima información acerca de este evento.

Como la fotografía “habla” a través de los elementos que la componen, “leeremos” las imágenes aquí presentadas para obtener información que nos permita conocer cuáles fueron las maneras de vivir el “Día de campo”. Su temporalidad inicia con las primeras cámaras y películas que permitieron a los fotógrafos aficionados registrar este evento: 1900, periodo se extiende a lo largo de la primera mitad del siglo XX. De acuerdo con las inclinaciones socioculturales del periodo histórico acotado, las imágenes están llenas de significados que reflejan los gustos y el sentido práctico de los ciclos en que ha sucedido este evento, y que ahora es recordado gracias a las fotografías existentes. Disfruten su lectura!

Su vestimenta evoca los años veinte. Termo y taza de porcelana para el café, bolsa de ixtle. Probablemente extranjeros. Fototeca Lorenzo Becerril A.C.

Su vestimenta evoca los años veinte. Termo y taza de porcelana para el café, bolsa de ixtle. Probablemente extranjeros. Fototeca Lorenzo Becerril A.C.

Publicidad, el automóvil como medio de transporte para disfrutar con estilo de un “Día de campo”. Viñeta, Biblioteca de la Fototeca Lorenzo Becerril A.C.

Publicidad, el automóvil como medio de transporte para disfrutar con estilo de un “Día de campo”. Viñeta, Biblioteca de la Fototeca Lorenzo Becerril A.C.

tenedor

RECORDAR A LOS MUERTOS CON LA OFRENDA

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 Cuando la muerte se inclina a llevarse a los mortales, 
no vale la medicina ni vidas artificiales 
 ni los caldos de gallina con todos sus materiales. 
Cancionero Folklórico de México, Coplas sobre la muerte, 1982.

En México la ofrenda de muertos es la demostración de la continuidad entre la tradición de siglos atrás -la época prehispánica y la tradición de las ofrendas españolas- y la forma como actualmente se recuerda a los muertos. A esta celebración también se le llama Día de los Fieles Difuntos. Desde el 31 de octubre, las familias forman un altar en su casa donde se coloca la ofrenda para los días 1 y 2 de Noviembre. Se compone de elementos como  flores, fuego, copal, imágenes, comida y bebida. La comida de la ofrenda termina en fiesta, ya que los manjares se consumen y se reparten. Comida que es producto de la gastronomía local y de la imaginación popular, y como las fechas de los Días de Muertos coinciden con la época de cosecha, se encuentra una gran variedad de alimentos. Esta comida –según la región- consiste en arroz, mole, frijoles, tamales, tortillas, pan de sal y de dulce, frutas, frutas en almíbar, dulces, atole y bebidas destiladas.

En mi casa de infancia, mi mamá ponía una ofrenda con todos los símbolos de la ofrenda de muertos: comida, bebida, artículos personales, flores copal, cirios, vela, los retrato de los difuntos y la imagen de su devoción: la Virgen de los Dolores, aunque en tamaño muy reducido porque -con marido, ocho hijos y algún sobrino que vivía con nosotros- la casa no daba para más. Ya casada, fue mi gusto hacer enormes ofrendas, llenas de flores, velas, imagenes, comidas, bebidas y todo tipo de frutas y dulces tradicionales. Vero mi hija la mayor, siempre era muy entusiasta y colaborativa, así que dedicábamos tiempo y dinero para poner nuestra ofrenda. Caro la pequeña, y por los cuatro años de diferencia con su hermana, solo nos observaba.

Las fotografías que acompañan este texto fueron tomadas en la “Fiesta Tradicional de Muertos 2015”, dentro del “XLV Concurso de ofrendas” llevado a cabo en la Casa de la Cultura de Puebla. Con agradecimiento a Margarita Melo Díaz su Directora.

Las cualidades de arroz son la apariencia, el sabor, la textura y el olor. El sabor del arroz lo hace compatible con cualquier alimento, por lo que es el fiel y exacto compañero del mole.

Arroz rojo

Arroz rojo

Arroz rojo

Arroz rojo

Arroz Blanco con zanahorias

Arroz Blanco con zanahorias

Mole, uno de los guisos más antiguos de nuestra gastronomía, y parte importante de la festividad El mole es una salsa espesa preparada con diversos chiles y jitomate, diversos condimentos, cacahuate y chocolate. Aquí servido con pollo y adornado con ajonjolí.

Mole poblano con pollo

Mole poblano con pollo

Mole poblano con pollo

Mole poblano con pollo

Mole poblano con pollo

Mole poblano con pollo

La tortilla de maíz cocida en comal. Su tamaño y el grosor varía de acuerdo a la región. Para algunos mexicanos la tortilla complementa una comida, para otros,  constituye la base de su alimentación.

Tortillas de maíz

Tortillas de maíz

Totopos de tortillas de maíz

Totopos de tortillas de maíz

Las hormigas chicatanas para comerlas, se les quita la cabeza y las patas para que no raspen y se muelen en el molcajete con chile tostado, sal y agua. Sobre la diversidad de productos naturales de México, Francisco Hernández en 1575 decía que: “…los indios comen gustosos las hormigas, y tienen por exquisitas muchas cosas que nunca comerían ningunos otros habitantes del mundo”.

Hormigas chicatanas

Hormigas chicatanas

Tamal, masa de maíz con manteca en sencillos envoltorios. Las formas de prepararlos son infinitas: salados con chile y carne, o dulces y cremosos. Se cuecen al vapor.

Tamales de masa de maíz

Tamales de masa de maíz

Tamales de masa de maíz

Tamales de masa de maíz

Tamales de masa de maíz

Tamales de masa de maíz

Chayotes hervidos

Chayotes hervidos

Pan elaborado con masa de harina de trigo y agua que se fermenta con levadura y se hornea. El pan de sal es una pieza que acompaña otros alimentos. Pan de dulce tiene con azúcar y se come como golosina. El tradicional pan de noviembre: pan de muerto u hojaldras está hecho con masa de harina de trigo y agua, se fermenta con levadura y se hornea. Las hojaldras se forman con sus infaltables tibias y se espolvorean con ajonjolí.

Pan de muertos

Pan de muertos

Hojaldras

Hojaldras

Colorados, pan elaborado con azúcar de color rojo, símbolo de la vida.

Colorados, pan elaborado con azúcar de color rojo, símbolo de la vida.

Frutas en almíbar: tejocotes, guayabas. El almíbar es líquido dulce y espeso, consiste en azúcar disuelta en agua y puesta a hervir junto con la fruta hasta que este cocida. Camote cocido con azúcar presentado en puré y en trozo. Calabaza cocida con piloncillo o panela.

Tejocotes en dulce

Tejocotes en dulce

Guayabas en dulce. Fruta muy aromática, de color rosado o amarillento, de forma redonda y de sabor dulce.

Guayabas en dulce. Fruta muy aromática, de color rosado o amarillento, de forma redonda y de sabor dulce.

Calabaza en dulce. La calabaza es una planta que se siembra entre los surcos de la milpa.

Calabaza en dulce. La calabaza es una planta que se siembra entre los surcos de la milpa.

Calabaza en dulce

Calabaza en dulce

Calabaza en dulce

Calabaza en dulce

Dulce de camote morado

Dulce de camote morado

Camote morado

Camote morado

Plátano Tabasco

Plátano Tabasco

Plátano morado

Plátano morado

Camotes de Santa Clara, el postre de los poblanos, aquí un dicho: “Come camote y no te de pena; cuida tu casa y deja la ajena”.

Camotes de Santa Clara

Camotes de Santa Clara

Camotes de Santa Clara

Camotes de Santa Clara

Dulces y otros manjares. Alegría, golosina elaborada con semillas de amaranto y miel de piloncillo. Palanqueta, cacahuates con miel de piloncillo. Jamoncillo de leche y azúcar.

Alegría con piloncillo

Alegría con piloncillo

Palanqueta, jamoncillo de leche y colorado

Palanqueta, jamoncillo de leche y colorado

Lo dulce siempre ha tenido mucha importancia en nuestra gastronomía, se le relaciona con lo agradable a los sentidos y se le califica como lo bueno, lo bello, lo amable. Carlos Zolla dice que que «De todos esos mundos por los que transitamos a lo largo de nuestra vida, es el de la infancia el que más estrechamente se encuentra emparentado con lo dulce».

Dulces tradicionales

Dulces tradicionales

Aguardiente

Aguardiente

Aguardiente

Aguardiente

Atole, bebida espesa hecha con maíz cocido y molido diluido o hervido en agua.

Atole de masa de maíz agrio

Atole de masa de maíz agrio

Banda de músicos en barro policromado

Banda de músicos en barro policromado

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